viernes, septiembre 29, 2006

El otro lado del espejo

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Acabo de llegar a la clínica, a primera hora de la mañana. Estoy dando los datos cuando un chico con el pelo grisáceo se acerca también al mostrador, a mi lado. Le pregunta a la administrativa si ha llegado ya el médico. Algo en la mirada, risueña, de la administrativa me hace pensar que hay algo sospechoso en la pregunta. Le dice que no, que aun no ha llegado. Pues vaya gracia, pienso yo, madrugar para dar el desayuno a mi hija a tiempo de que mi marido se la lleve al cole, poder hacer las camas y recoger la casa... y llegar antes que el médico. Aun así, sigo pensando que hay gato encerrado. Cuando el chico protesta, quizás demasiado exageradamente, mis sospechas aumentan. Mientras acabo de dar los datos el chico se va hacia la sala de espera.
Cuando llego yo, la sala de espera está vacía. Cojo una revista, dispuesta a esperar, cuando llega la administrativa y me dice que pase, que el médico está esperando.

Entro y me encuentro al chico de antes sentado tras el escritorio. Vaya, hombre. No me hace gracia que se rían de mí. No empiezo bien yo con el nuevo medico este. Me gusta que esté el de siempre, que es más mayor y seguro que sabe más. Se levanta, me da los buenos días con una sonrisa agradable y me pide por favor que me siente. No sé por qué, pero consigue que cambie de opinión. Parece agradable.

Me pide que le cuente qué me trae a la consulta. Mientas le cuento mi problema, noto que me presta toda su atención. No me interrumpe, aunque sé que de vez en cuando me voy por las ramas un poquito. No tanto como dice mi marido, por supuesto.
Luego me pregunta tres o cuatro cosas, siento que da en el blanco, que practicamente ya sabía qué era lo que me pasaba.

Luego me pide que pase a la camilla. Al explorar, el jodido pone el dedo justo donde más duele. ¿Ahí? Me dice, mientras doy un respingo. ¡¡Sí, sí, ahí, ahí!!

Mientras se lava las manos, le pregunto si me va a pedir alguna prueba, por lo menos una radiografía, aunque lo que espero es que me pida una resonancia. Se gira, un poco confuso y me dice que no, que tiene claro el diagnóstico, que lo ve bastante claro y no ve necesario pedir ninguna prueba de imagen. Le respondo que es que así me quedo yo más tranquila. Me salta con no se qué de que los criterios para pedir pruebas son médicos y no para tranquilizar a nadie y que las pruebas no curan. Me toca las narices el enterado este. Le respondo que entonces como sabe qué es lo que me pasa a mi.

Se sienta, me pide que me siente. Me explica, tranquilamente, qué es lo que piensa que tengo y por qué piensa que lo tengo. Incluso me hace un dibujo, me saca un diagrama y me pone varios ejemplos. Más o menos me hago una idea. Por lo menos se ha molestado en explicar las cosas, no como los de la seguridad social, que te dicen que bebas mucha agua y si les aprietas te mandan a un especialista que te verá como muy pronto en dos meses.

Me pone un tratamiento y me pide que vuelva a la semana para ver cómo ha ido.

Me voy a casa contenta, pero aun así... estaría más tranquila si me hubiese pedido alguna prueba.

5 comentarios:

Ruth dijo...

Mira que nos gusta tocar las narices, ¿eh?

Los médicos tenéis que tener una paciencia...

MAETTRA de Informática dijo...

Confianza, creo que ahí esta la clave de todo.

Confiamos en los demas?? Tal vez en un principio si fuera así, pero ahora la confianza es un valor que hay que ganarselo.

Te cuesta con tus amigos, novios, parejas, compañeros de trabajo.... y con tu médico.

Cómo me alegra tener la certeza de que mi médico confía en mí y sabe que yo confío en el con los ojos cerrados.

peibol dijo...

cuánto mal han hecho al gremio de los médicos series de Tv como urgencias, hospital central o house....

(y al resto de la humanidad las de Ana Obregon, claro)

Negra Murguera dijo...

Fue tu cumpleaños en estos días?
Es hoy?
Bueh, por las dudas..

FELIZ CUMPLE!!!

Herrdoktor dijo...

Mi cumple fue el 7 de Octubre, día en que cumplí 30 años. Muchas gracias!!